No era fácil.
Después de trece años uno empieza a convencerse de que todo está bien como está, peligroso conformismo tratándose de los siempre dinámicos y cambiantes asuntos publicitarios.
No obstante, venciendo a las tentaciones del conservadurismo y alentado por otras voces del equipo, decidimos finalmente cambiar el nombre de la agencia.
Un poco porque habíamos comenzado a sentir esa inexplicable necesidad-no exenta de novelería- antes de que nos atacara el virus del “aburrimiento visual”.
Otro tanto porque, si no somos capaces de cambiar nosotros mismos, pobre ejemplo estaríamos dando a nuestros clientes cuando argumentamos acerca de la necesidad de renovar la identidad de una marca, de rediseñar un pack, de replantear una estrategia y todas las actualizaciones y modernizaciones imaginables.
En nuestro caso veníamos, además, madurando y procesando un plan enfocado a la reformulación estructural de la agencia a nivel organizacional y metodológico. Ello reclamaba, así lo creímos, la anotada necesidad de acompasar la nueva realidad interna con una proyección exterior diferente.
No necesité acudir a mi equipo creativo para dar el primer paso: buscar y encontrar el nuevo nombre.
Sin haberlo dudado ni un instante, como acatando un inverosímil mandato superior, “acepté” que la agencia llevara el nombre de una canción de The Beatles. Inmediatamente pensé en Penny Lane.
No podría explicar por qué ésa y no otra canción; quizás por su brevedad y musicalidad y hasta por el potencial gráfico que avizoraba en ese par de palabras.
Obviamente –obvio para mí, claro- no se trataba de mi tema preferido ya que, hablando de la producción artística de los viejos amigos de Liverpool, no tengo favoritos.
Digamos que mi ranking es una suerte de top ten al revés puesto que me alcanzan los dedos de ambas manos para contar las canciones de The Beatles de las que podría, eventualmente, prescindir.
Por ello no puedo elegir entre Love me do o Day Tripper, entre Eleanor Rigby o Yellow Submarine, entre Obladi Oblada o Sexy Sadie.
Por si no quedó claro, disfruto por igual un track de “Beatles for Sale” que otro del “Álbum Blanco”, más allá de las evidentes distancias compositivas (letras, músicas, arreglos, etc) de las primeras épocas frente a las siguientes.
Entusiasmado con la idea de bautizar a la agencia de tal manera, comenté el hecho internamente. Logré algunas fuertes adhesiones “a la causa” y también opiniones más objetivas y desapasionadas; un resultado esperable tomando en cuenta las consabidas brechas generacionales y/o de gustos musicales.
De cualquier modo comenzamos un repaso de nombres de canciones con títulos breves, requisito indispensable para no perder el tiempo volando Across the universe o recorriendo interminablemente The long and winding road.
Al día siguiente y sin previo aviso la realidad me bajó a tierra. Seguramente tendríamos una insalvable dificultad llamada derechos de autor.
Admito que no hice mayores esfuerzos por darme ese gusto personal de homenajear a quienes continúan siendo entrañables compañeros de ruta. Preferí quedarme con las ganas antes que, atrapado por las justas leyes o la injusta burocracia, sucumbir en el intento. No fue pereza ni cobardía, doy fe, simple sentido común.
No obstante el cambio de nombre no podía posponerse, ya estábamos más que resueltos, realmente convencidos de la necesidad de agradecer los servicios prestados a SIEMPRE y dar la bienvenida ...¿a...?
Cada cual fue armando su listado tentativo partiendo de un brief que, a estar por la diversidad de propuestas, debo conceder que careció de la debida precisión.
Apenas un par de días después, viernes para más datos, resolví cerrar la recepción de propuestas. Abundaban los buenos nombres y la selección amenazaba convertirse en una historia sin fin.
Ese fin de semana, a 93 km de Montevideo, frente a la laptop y escuchando cualquier música menos The Beatles para evitar inútiles nostalgias recientes, armé trabajosamente la short list que sometería a la consideración de todo el equipo.
Me adjudiqué el derecho, más por viejo que por sabio, de tener la última palabra en la elección final, aunque intentando que la misma fuese consensuada.
Así nació CAUTIVA.
Nos gusta el nombre y, al menos durante algún tiempo, nos seguirá gustando.
Espero que a nuestros clientes actuales y futuros también les agrade pese a que, naturalmente, la aspiración máxima es-¡ vaya paradoja!- la de Siempre : que les convenza nuestra manera de entender el trabajo publicitario.
LCA. |