Imposible soslayarse al fervor que la Copa del Mundo ha provocado en mayor o menor medida en casi todo el planeta.
Vaya mi comprensión desde ya a las huestes militantes del no me molesten más con esa tontería de unos tipos de pantalón corto corriendo detrás de una pelotita.
Yo los entiendo-casi se me escapa un impropio “yo los perdono”- puesto que Sudáfrica 2010 ha sido y sigue siéndolo el Mundial mediático por excelencia de todos los disputados hasta el presente.
Hablando únicamente de nuestro país-ya saben ustedes cómo se vive también en otras naciones que nos superan abiertamente en términos demográficos y de recursos económicos-, el tema de nuestra selección nacional es EL tema nacional nos guste o no.
Lo fue espaciadamente durante la interminable y sufrida fase eliminatoria, acrecentándose paulatinamente con el sorteo de las series de diciembre pasado y, por supuesto, a partir de la última etapa de preparación que nos llevó a tierras sudafricanas.
En ocasión del referido sorteo, aquí en la agencia nos congregamos alrededor de la TV para conocer en vivo y en directo lo que nos tocaría en suerte. Lamentamos, como tantas otras veces, haber caído en el fatídico “grupo de la muerte” que, a la postre, no resultó tan mortal como creíamos.
Obviamente que todos los que amamos el fútbol sabemos que es sólo un juego
(¿sólo eso?) y que Uruguay debe atender cuestiones más trascendentes que las andanzas de una esquiva(sic) pelotita.
Pero encienda la radio, hojee un diario, mire la televisión, salga a la calle, navegue en internet, vaya de compras, entérese de tal facebook o de los twitters generados por los mismos protagonistas, etc; todo alrededor suyo tiene color celeste, suena a cánticos de hinchadas y no le digo que huele a linimento porque es una verdadera antigüedad.
Lo siento. ¿No le gusta la sopa(léase el fútbol)...?....pues ¡dos platos!. Y si piensa ironizar despachándose con un...”¿mundial?....¿qué mundial?”, sepa que involuntariamente está plagiando a Jorge Luis Borges que así contestó a la incauta pregunta de un ingenuo periodista –¡a Borges no se le podían dejar esos “cachones” !- en plena ebullición del torneo disputado en Argentina en 1978.
Es que estamos viviendo algo así como un largo feriado laborable, salvo cuando juega Uruguay porque ese día únicamente trabajan los que no tienen otra alternativa. Digo más: ni siquiera en el más solemne y/o importante de nuestros feriados patrios se podrá apreciar casas, apartamentos, vehículos del transporte colectivo o comerciales, autos particulares y demás, luciendo la bandera bicolor.
Hasta las camisetas de los clubes han cedido su lugar a la gloriosa malla cuyas glorias, al menos los post Maracaná, nunca pudimos disfrutar.
Ver la enseña patria por todas partes tiene un algo de campaña electoral, pero de elecciones un tanto peculiares: elecciones de partido único, o estás con la celeste o sos un pintoresco outsider.
Es innegable que se ha logrado una empatía muy fuerte entre el seleccionado y la gente, sin distinción de edad, sexo, clase social, religión, ideología, etc, etc.
El “jueguito” del fútbol ha logrado el milagro, para mi gusto bastante más que en ocasión del Mundial Sub-20 de Malasia, de forjar un sentimiento unánime de reconocimiento, expectativa y alegría desbordante. Nadie quiere, salvo los muy anti-todo o los ghaneses el viernes próximo, claro, que Uruguay pierda.
Confieso que he sucumbido a la necesidad de referirme al acontecimiento deportivo derribando la autocensura que me impuse, no sé si por cábala-raro un futbolero que no tenga las suyas- o porque más allá del pasaje a cuartos de final y de las buenas perspectivas que asoman, el triunfalismo verbal no nos sienta bien.
Partiendo desde la cautela pues, desde la humildad que nos imponemos para no jugar nunca como banca, debo aterrizar estas líneas refiriéndome a un hecho que explica hasta qué extremos esta actuación del seleccionado uruguayo nos ha transformado individual y colectivamente.
Uno de nuestros clientes, hombre sobrio, mesurado y nada afecto a exteriorizaciones desmedidas de locas pasiones futbolísticas, viajó a Sudáfrica no sabiendo a priori si a disfrutar o a padecer hablando en términos estrictamente deportivos.
“Mientras Uruguay siga avanzando, yo sigo allá”...me confesó unos días antes de partir.
El día de la victoria frente a los locales le envié un breve sms que respondió con la euforia propia de quien estaba en el mismo lugar de los hechos.
Ambos omitimos premeditadamente cualquier mención al tema de trabajo que dejamos pendiente a raíz de su partida. Un tema que no es posible resolver vía correo electrónico, video conferencia ni ninguna otra clase de comunicación que no sea cara a cara, imprescindiblemente entre él y yo, más allá de que haya delegado ciertas decisiones en algunos mandos de su empresa.
No se trata de algo grave, aunque sí urgente; por ello realmente necesito que mi cliente vuelva....pero no quiero que lo haga pese a que su ausencia nos complique luego con plazos de entrega de materiales y demás.
Es que mientras permanezca allá (*) la esperanza del triunfo sigue intacta.
Naturalmente que soy un publicista serio, responsable, preocupado y ocupado en los asuntos de nuestros clientes. Todos aquí lo somos.
Pero la celeste es la celeste, usted me entiende.
Alcánceme una vuvuzela por favor.
(*) Hoy martes 29 me escribe correo en el cual culmina diciéndome : “Nos seguiremos quedando y esperando que sea cierto que no hay imprescindibles...”
LCA. |